El señor Sherman es un hombre felizmente casado. El mismo día en que su esposa sale de vacaciones, se muda al apartamento de arriba una rubia despampanante, curvilínea y atontada (Marilyn Monroe, claro) que lo vuelve loco. Incapaz de traicionar a su esposa, Sherman se pregunta si no estará atravesando lo que un tal doctor Stikoll llama con cierta gracia la “comezón del séptimo año”, una afección que atacaría mayormente a los hombres casados y se tornaría mas grave en verano.
Se trata de un argumento de película, es cierto, pero ¿que hay de real en todo eso? ¿Se trata de una leyenda urbana? ¿La inventó una casada descontenta o lo descubrió un sicoterapeuta graduado con honores? ¿Sobreviene al séptimo año de qué? ¿De matrimonio? ¿De noviazgo? ¿Que tiene el séptimo año que no tengan el primero, el cuarto, o el octavo? 
Según esta teoría, el siete, número mágico para los cabalistas, sería letal para los enamorados. Después de levantarse unos 2 mil 555 días junto al ser amado, el amor empieza a flaquear. Sobrevienen la duda y la desazón, y la media naranja empieza a ser mirada de reojo. Algo que hasta ese momento marchaba bien, deja de funcionar y los amantes quedan tan contrariados como dos zapatos derechos en los pies.
No es para ponerse a temblar, por cierto. Todos los especialistas están de acuerdo, mas alla de su amor por el cine, en que la comezón del séptimo año es una idea que circula en el imaginario colectivo y que incluso supo tener mejor prensa unas cuantas décadas atrás. Sin embargo, hay algo en el bendito siete que no es casual.
Según varios sociólogos, en los años ‘50, ‘60 y 70, el pico de divorcios se registraba entre parejas con siete años de casados. “De los registros de esa época se deduce que una vez atravesada la barrera de las Bodas de Plata (25 años de casados), rara vez los consortes pensaban en dar marcha atrás y pedir el divorcio. En cambio, muchas parejas lo solicitaban siete años después del Si”. Pero en el 2008 para bien o para mal la realidad es otra. La supuesta comezón del séptimo año es cada vez menos frecuente, o en todo caso ataca lamentablemente más temprano. “El pico de divorcios que antes se registraba cuando los esposos llevaban siete años de casados ahora se produce a los cuatro”, aseguran los especialistas.
¿Qué dicen los estudios?
Decidido a echar algo más de luz sobre los oscuros rincones del deseo, un científico estadounidense investigo el comportamiento de 93 matrimonios durante los primeros diez años de unión. Según este estudio realizado por Lawrence Kurdek, Ph.D. de la Wright State University, los primeros diez años de casados tienen sus altibajos. Después de dar el “si”, los esposos comienzan la convivencia con una explosión de amor y pasión. La primer declinación afectiva aparecería al cuarto año de casados, debido a un ajuste normal de roles en la pareja, y la segunda al octavo, a causa de la llegada de los hijos.
Aspirar a un amor maduro

Mal que les pese a los enamorados, la luna de miel no dura para siempre.
¿Pero cuanto dura la etapa rosa de la pareja? ¿Y que pasa cuando se baja de la nube rosa? Y es que el enamoramiento ceda el paso al desenamoramiento no significa que se pierda el amor. El desenamoramiento es un transito necesario en la pareja. Cuando la ilusión idílica pierde fuerza se abre el vínculo a un mayor enriquecimiento y complejidad, a tolerar las diferencias, y aceptarse uno y otro como personas distintas.
Aunque el amor tenga resonancias distintas para cada uno, y lo que se espera del amor sea distinto para cada quien, parece que la ensoñación del enamoramiento daría lugar a una etapa mas reposada, pero mas madura del amor. Si, como se suele decir, el enamoramiento lleva a caminar varios centímetros sobre el piso, y no percibir las cosas como en realidad son, el amor requiere de un conocimiento profundo.

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